
Para conocer un Estado necesitamos conocer su ordenamiento territorial. El ordenamiento territorial tiene que ver con la forma como está distribuida la población de un país, de suerte que la forma de distribución de la población y/o la política estatal sobre dicho ordenamiento da indicios de las condiciones de convivencia entre los ciudadanos y de la naturaleza del poder estatal que impera en dicho país.
En la historia colombiana y, específicamente en el periodo que va de 1880 a 1930 aparentemente libres del yugo español, las élites locales mantienen el orden colonial impuesto en la etapa anterior. En aquel entonces se logra un crecimiento económico dependiente de las exportaciones a las metrópolis europeas. El ordenamiento neocolonial se derrumba con la crisis mundial que se inicia en 1929 con el fin de la hegemonía económica, política y militar mundial de Gran Bretaña y la emergencia los Estados Unidos como nueva potencia capitalista.
Sin embargo, el desorden político, y la larga depresión económica mundial y local que siguió a la “independencia” no ha permitido hasta hoy, diseñar una política de ordenamiento territorial que brinde bienestar, seguridad, igualdad, cultura y libertad para todos los colombianos.
Los dirigentes de la independencia lo único que hicieron fue reformular esquemas de jurisdicción política administrativa inspirados en el federalismo de la Constitución de Filadelfia, o el centralismo de corte napoleónico. Lo cierto es que las reformas, incluyendo la nueva Constitución de 1991, apenas han tocado los tejidos sociales locales y regionales del estado-Nación.
Aquí surge una pregunta: ¿Podemos aproximarnos a conocer el territorio nacional y sus actuales conflictos, si conocemos sólo la geografía de las regiones y comarcas colombianas?

La respuesta a este interrogante es no, pues necesitamos también conocer la historia del ordenamiento territorial de esa nación. Y paralelamente reflexionar sobre el origen real de esas regiones, es decir, si surgieron como productos más o menos acabados al terminar el periodo colonial, es decir, como
construcciones urbanas y periféricas cambiantes (1) y altamente diferenciadas al interior o como construcciones económicas definidas por las élites urbanas de las regiones y comarcas.
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